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El Transbordador de La Boca no tiene uso y sólo hizo dos viajes

El transbordador Nicolás Avellaneda, en La Boca, duró dos viajes. Uno fallido, hace más de un año, que quedó envuelto en la grieta política entre el Gobierno porteño y el Municipio de Avellaneda y por eso no completó su recorrido. Y un segundo, en diciembre, que logró terminar lo que había quedado pendiente y conectar La Boca con Isla Maciel. Ocurrió después de que el puente recibiera una distinción internacional, que se consiguió gracias al esfuerzo de vecinos y fundaciones de la zona, quienes afirman ser los únicos preocupados por el funcionamiento de la estructura. Lo creen así porque, después de cinco años de obra y $ 200 millones invertidos, y pese a los anuncios, el transbordador sigue quieto.

Antes de su restauración y puesta en marcha, había estado casi 60 años en desuso. Era un monumento oxidándose en las aguas pesadas del Riachuelo. Hoy es una mole bien pintada, con una sala de máquinas puesta a punto, pero sin alguien que la opere. La barquilla, una especie de canasta en la que viajan los pasajeros, está vacía, replegada en una de las patas del puente, del lado de La Boca. No hay movimiento ni nadie que vigile.

“Ahhh !!!, pero esto es pura política” dice Juan Carlos, revolviendo un brazo al aire. “Lo hicieron por los votos, o andá a saber por qué, pero no se usa”. Está con las piernas abiertas, haciendo equilibrio, dentro del bote que maneja desde hace 45 años, desde La Boca a Isla Maciel y viceversa. “Fui testigo de los trabajos, mucha plata se puso, pero ahí quedó: parado”, agrega. Alguna vez estuvo ilusionado, pero niega con la cabeza y dice que ya ni le presta atención al transbordador.

En la panza de su bote, minutos antes, estuvo Flavia. Vive en la isla, cruza cuatro veces al día –$ 8 el viaje– y, también, primero se puso contenta y después se desilusionó: “Del otro lado (por Maciel) se habla mucho del puente. No sé si van a cobrar, pero sería bueno que funcione. Hace unas semanas hubo movimiento, creo que estuvieron haciendo pruebas, pero se ve que quedó en nada”, dice.

La renovación del Nicolás Avellaneda fue ejecutada por Vialidad Nacional. Empezó en junio de 2012 y terminó en septiembre de 2017. Según estaba previsto, al concluir las obras, el control del transbordador sería transferido al Estado porteño. “La idea es que este gigante de hierro móvil, vuelve a desplazar su barquilla de orilla a orilla trasladando transeúntes y vehículos, como lo hizo entre 1914 y 1960, aunque ahora ya no se tratará de obreros fabriles y peones del puerto, sino de turistas ávidos de nuevas experiencias” se lee en la página oficial del Gobierno de la Ciudad. Pero nada de eso pasó. El traspaso no se concretó y aún no está determinado cuándo se resolverá.

El regreso estuvo complicado desde el primer día, el 28 de septiembre de 2017. Lo que iba a ser un viaje terminó en una muestra más de la Argentina en modo grieta. El transbordador tenía que vincular 60 metros de agua -algo así como el ancho de La Bombonera- pero la política se interpuso: Gobierno porteño (Cambiemos) y Municipio de Avellaneda (Kirchnerismo) peleaban a través de actos que organizaron en cada orilla y la barquilla sólo llegó hasta la mitad del Riachuelo.

Más democrático fue el segundo viaje, casi un mes atrás, cuando el transbordador fue reconocido por la UNESCO con el Escudo Azul, una distinción que le da status de patrimonio mundial y que significa, por ejemplo, que debe ser protegido en caso de guerra o catástrofes naturales.

“Con el Ministerio de Defensa logramos que se lo distinga con el emblema azul. Para festejar, le pedimos a Vialidad Nacional que lo pusiese en funcionamiento e hicimos un acto que empezó del lado de La Boca y terminó en Isla Maciel, por fin se pudo cruzar. Fue emocionante”, reconstruye Gabriel Lorenzo, secretario ejecutivo de Fundación por La Boca. La entidad impulsa un consorcio entre los ocho transbordadores que quedan en el mundo –el Nicolás Avellaneda es el único en América– para presentarlos como candidatos al Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. “Con el esfuerzo económico que representó la vuelta del transbordador pensamos que en 2018 iba a estar activo, y eso no pasó”, lamenta Lorenzo. Para este año, la Fundación seguirá con las gestiones para que el puente esté en funcionamiento y está evaluando presentarle al Gobierno nacional la opción de que el uso sea concesionado.

El puente recibió en diciembre el emblema azul de la Unesco. Foto: Silvana Boemo

El puente recibió en diciembre el emblema azul de la Unesco. Foto: Silvana Boemo

Del otro lado del Riachuelo, Antolín Magallanes suma: “Todo el tiempo estamos pensando propuestas para poner el transbordador en movimiento”. Magallanes es colaborador del Museo Comunitario Isla Maciel, un espacio que a través de festivales, visitas turísticas y proyectos artísticos se rebela contra las etiquetas que pesan sobre la isla. “El puente forma parte de lo que somos. Donde mires está: en los cuadros de la escuela, en los murales de las casas, en los carteles de los negocios, en la piel de la gente”, enumera y sigue: “No entendemos por qué está parado. Ojalá pueda usarse al menos los fines de semana”.

Por el momento, el futuro del transbordador parece incierto. “Vialidad Nacional no se puede hacer cargo de su uso, dado que no es su función. Se está trabajando en la mejor opción para cederlo”, dijeron desde el Ministerio de Transporte. El Gobierno porteño, como se dijo en un principio, es una de las opciones de traspaso, entre otras, según Transporte, aunque no especificaron cuáles. Y el transbordador sigue ahí, sin utilidad, en un Riachuelo que jamás dejó de ser un agujero negro.

El puente y su recorrido histórico 

En construcción. El puente fue inaugurado en 1914.

En construcción. El puente fue inaugurado en 1914.

El transbordador de La Boca ilustra la historia de la Argentina. Se pensó en 1904, se trajeron las piezas en barco desde Inglaterra y se lo armó en la costa del Riachuelo como un mecano.

Cuando en 1914 fue inaugurado, el progreso parecía imparable en las dos márgenes del río. Es que a principio del siglo XX el movimiento de trabajadores de una orilla hacia la otra era vital para los astilleros, las carboneras y el frigorífico Anglo, que llegó a tener 15.000 empleados.

El puente mide 52 metros de alto y su ancho total supera los 77 metros. Lo más interesante está en su viga horizontal, la que sostiene la barquilla del transbordador, capaz de soportar una carga de hasta 50 toneladas. Con esa plataforma colgante, además de la gente, cruzaban carros, camiones y hasta tranvías.

El recorrido duraba cinco minutos y el servicio era gratis. Funcionaba de 6 a 21 y, en caso de que se cortara la luz, podía moverse con guinches que se accionaban en forma manual. El costo total de la obra fue de cien mil libras esterlinas.

Pero con el tiempo, el transbordador perdió valor. En especial, desde 1940, cuando se dio paso al nuevo puente vehicular Nicolás Avellaneda. Y en 1960 cerró.

En 1993, el gobierno de Carlos Menem quiso venderlo como chatarra. Pero los vecinos lograron frenar el plan.

Fuente consultada: clarin.com