En la historia del arte se encuentran siempre famosos falsificadores

El tráfico de obras de arte y patrimonio es considerado el tercer negocio ilícito después del de las armas y el narcotráfico y, «lamentablemente, la certeza absoluta sobre la autenticidad en el arte no existe», a propósito del debate que generó el estreno por Netflix del documental «Made You Look».

La historia del arte está llena de falsificadores famosos. Entre los grandes nombres está el de Miguel Ángel, el famoso pintor de la cúpula de la Capilla Sixtina, a quien el filósofo alemán de origen coreano Byun Chul Han define como «un falsificador genial” en su libro «Shanzhai».

Otros falsificadores de renombre fueron Han van Meegeren (Países Bajos, 1889-1947), quien para vengarse de los críticos decidió copiar a Vermeer. O el húngaro Elmyr de Hory (1906-1976), sobre el que Orson Welles rodó “F for Fake”: llegó a pasearse por Buenos Aires en 1962, “fue el falsificador más famoso del siglo XX, con más de mil obras de Matisse, Picasso, Modigliani, Chagall, Gauguin, Laurencin, Vlaminck, Degas y Renoir, hechas en sólo veinte años de trabajo”.

También se cuentan como grandes falsificadores el francés Yves Chaudron, quien copió a la Gioconda a principios del siglo pasado a pedido de un emprendedor argentino; el alemán Wolfgang Beltracchi o el falsificador de Giacometti, Robert J.C. Driessen, que se había refugiado en Tailandia.

No habría que dejar afuera al artista John Myatt, al que llamaban «Picasso» en la cárcel, al inglés Eric Hebborn -que fue asesinado después de publicar la técnica que había usado-y Otto Wacker, que falsificaba a Van Gogh; así como el británico Shaun Greenhalgh, que aseguró ser el autor de «La Bella Principessa», un lienzo descubierto en 1998 y considerado por algunos expertos «una obra maestra» de Leonardo da Vinci.

Muchos artistas tenían talleres donde ellos hacían el esbozo, el esquema, pintaban la cara -que era lo más complejo-, la ropa y los fondos se los dejaban a otros.

«Algunos pintores del Renacimiento se especializaban en hacer los fondos de los retratos. El artista hacia la cara de la persona que le había pagado por el retrato y el fondo lo hacía otro. Era una sociedad capitalista que producía bienes de consumo suntuario pero que no se les ocurría pensar que iba a pasar en cinco siglos o que alguien los iba a falsificar», reflexiona el autor del libro “Arte y falsificación en América Latina” (2009)

A su vez, ante la demanda del mercado, la justicia reduce todo al falsificador y al cómplice, pero hay “un hecho social en el medio porque los mercados no es un señor que hace negocios. Es un hecho social muy complejo, sofisticado incluso en este tipo de cosas y donde se maneja un mundo de gente que compra esas obras o instituciones que invierten millones”.

Estudiosos en el tema del mercado del arte y las falsificaciones, siempre trae a colación el trabajo del Proyecto Rembrandt, que demandó 46 años: «Cuando decidieron catalogar las obras del artista, un especialista empezó a juntar las obras que estaban inventariadas. Cuando empezaron a hacer un registro mundial la cantidad de obras no coincidían con todas las que tenían el certificado de auténtico. Hoy en día hay catálogos de falsos autenticados», concluye.