El Ateneo Grand Splendid no es la más linda del mundo

Instalada en un edificio de 1909 que fue cine y teatro, deslumbra por su arquitectura a turistas y medios internacionales. Pero muchos amantes de los libros creen que la ciudad tiene otras (y tal vez mejores) alternativas.

Una famosa revista norteamericana señala una librería porteña como “la más linda del mundo” y el argentino promedio saca pecho con orgullo, como cuando Messi gana un Balón de Oro, a Darín lo distinguen en algún festival de cine o designan a un sacerdote argentino como el nuevo Papa. Así, hay quienes jamás fueron a una misa celebrada por Jorge Bergoglio en Buenos Aires aunque lo tuvieran a metros de su casa pero ahora son capaces de gastar varios miles de dólares para viajar al Vaticano a sacarse una foto con él. Del mismo modo, muchos irán ahora por su selfie a El Ateneo Grand Splendid sólo por el reconocimiento foráneo.

Pero esta columna no busca analizar el ego argentino, sobre el que ya se ha dicho y escrito tanto. Es para permitirse disentir con los editores de National Geographic o, al menos, para plantear si la belleza de una librería se basa únicamente en la estructura edilicia. La de El Ateneo es, definitivamente, imponente y deslumbrante, pero no fue concebida para albergar bibliotecas sino espectadores. Su arquitectura y sus dimensiones tienen poco que ver con el mundo literario, sólo son el vestigio de una época dorada del cine y el teatro que languideció hasta extinguirse exactamente en el comienzo del siglo XXI, cuando la vieja y gloriosa sala del Grand Splendid cerró sus puertas para siempre. Es cierto: la cadena que restauró y reinauguró el edificio dio la posibilidad de seguir apreciándolo. Pero ese espacio que antes se llenaba de música y aplausos ahora, habitado por los libros, se parece más a un shopping que a un lugar a donde acudir en busca de una nueva lectura. El ruido, las escaleras mecánicas, los ejemplares hojeados con descuido y olvidados en anaqueles y mesitas y el desfile incesante de turistas desbordan muchas veces a los empleados, que corren de una computadora a la otra para chequear precio y stock. Esta librería es la más bella del mundo para quien quiera fotografiar la cúpula o tomar un café en el lugar que alguna vez ocupó el escenario del teatro. Pero no lo es para aquellos lectores que aman bucear con calma hasta encontrar alguna joyita más allá de la góndola de novedades. Para ellos, Buenos Aires tiene otras librerías más lindas. O, por lo menos, diferentes. En casonas o locales que tal vez no tengan tanto valor histórico pero están ambientados con calidez y creatividad, donde el dueño o el vendedor los reconoce y puede anticipar lo que les va a gustar. Donde a veces, incluso, pueden toparse con su autor favorito, no porque haya ido a firmar ejemplares sino porque él también es cliente. En muchos, también sirven café. O un buen vino.

No siempre lo que brilla en las guías turísticas es oro. Y si lo es, no necesariamente es la única mina: Buenos Aires, afortunadamente, tiene mucho más para descubrir.

Fuente consultada: clarin.com

Por: Carmen Ercegovich