«Sacar un tema de la solemnidad es simplemente devolverle accesibilidad»

Monica Zwaig, autora de «Una familia bajo la nieve» dice que le interesan las formas de narrar que permiten salir de la endogamia y la solemnidad y sobre ese aspecto se explaya en esta entrevista, en la que asegura que «se puede laburar en derechos humanos y no ser solemne».

Ella trabajó en el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), en el Programa Memoria y Lucha contra la Impunidad -donde realizó una tarea de investigación en la Unidad Especial de Investigación de Conadi (Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad- y ahora se desempeña en el Ministerio Público Fiscal.

¿Cómo creés que dialoga la novela con otras ficciones sobre los 70 y la dictadura militar?

Nunca la pensé como una ficción sobre los 70 sino como una novela sobre una madre que no logra asumir su rol de madre hasta el final. Los 70 aparecen porque hay que contar un poco la juventud de esa madre y ocurre en esa época, pero siempre lo pensé como un ruido de fondo. En cuanto a la no solemnidad es una búsqueda personal que traigo de mi formación en dramaturgia y actuación y que se acentuó en mi llegada a Argentina. En Francia me crié siempre del lado del humor, siguiendo los programas de tele o radio con sketches como «Les Inconnus», «les nuls», «les robins des bois», Edouard Baer y los humoristas Coluche, Desproges, Devos.

Pero Francia también tiene edificios imponentes, discursos de intelectuales en el Panthéon, grandes causas, grandes intelectuales, una seriedad y una solemnidad muy fuerte en las instituciones. Me crié con eso y era muy pesado. Pretender escribir en el mismo idioma que Camus y Baudelaire era como una pesa imposible de levantar. Cuando llegué a Buenos Aires empecé a estudiar actuación y dramaturgia y tuve la suerte de caer en manos de profesores con mucho recorrido y trabajos despojados de solemnidad. Esto fue como un bife en la cara, necesité seguir ese camino como un antídoto.

Hay otro desafío que es cómo sacar los temas aparentemente graves y tediosos de la solemnidad. Sacar un tema de la solemnidad no siempre es llevarlo al humor, tal vez es simplemente devolverle accesibilidad. Pero además me interesa el humor. Se puede laburar en derechos humanos y no ser solemne. El tema es ¿qué ganamos en comunicar desde la solemnidad?

Pensaba en la reedición de «Diario de una princesa montonera» y en esta mirada despojada de solemnidad que comparten.

Conocí el trabajo de la «princesa montonera» cuando escribía su blog y compré su primer libro y la reedición también. Me gusta lo que hace y el personaje que armó. También me gusta lo que hizo Félix Bruzzone en «76» y me gustó mucho el libro de Laura Alcoba, «Los pasajeros del Anna C». Son autores que usaron la literatura para pensar sin solemnidad temas considerados escabrosos. Hay otros autores como Yasmina Reza que en su último libro cuenta una visita a un campo de concentración nazi con sus hermanos y es una escena de humor. O Gail Parent que escribió sobre el suicidio con un humor negro tremendo.

Hablás de la forma de contar el pasado en Francia, ¿qué diferencias ves a la hora de narrar el pasado en Argentina?

Siempre tuve la sensación de haber llegado tarde a la Argentina y que estos temas ya habían sido tratados y que la gente no quería saber más nada. Pero fui descubriendo otras formas de narrar, otros autores, obras de teatro o películas que abordaban el tema y me sigo cruzando con gente interesada y con iniciativas recientes y creativas que me dan la pauta de que todavía hay mucho para explorar. Por ejemplo, hay muy poca literatura y muy poco cine sobre los juicios de lesa humanidad. En cambio sobre el juicio de Nuremberg hubo películas, libros. Hasta Victoria Ocampo, que fue la primera mujer latinoamericana en asistir a ese juicio, escribió sobre eso.

Cada país tiene su forma de procesar y narrar el pasado. También evolucionan con el tiempo a ritmos diferentes. En Francia se siguen publicando libros sobre la Segunda Guerra Mundial al día de hoy. Hasta Emmanuel Carrère tiene uno contando un secreto familiar sobre su abuelo que colaboró con los nazis («La novela rusa»). Tampoco es que Francia sea un ejemplo de nada, y recién ahora está procesando su pasado colonialista. Hay más libros de la generación de hijos de argelinos y marroquíes que descubren sus orígenes y se interrogan sobre eso, pero es super reciente, Leila Slimani, Alice Zeniter, entre otros. Mazarine Pingeot también tiene una novela reciente (Thea) sobre la responsabilidad de Francia en Argelia. Cuanto más distancia haya en el tiempo con los hechos, y más posibilidades de elaborar el trauma individual y colectivo, más caminos se abren a la hora de contar. Me interesan las formas de narrar que permiten salir de la endogamia y de la solemnidad. La endogamia y la solemnidad son universales.